En Horta Viva tenemos un nuevo proyecto educativo de difusión de la alimentación sostenible que estamos presentando a la comunidad educativa. Queremos compartir con vosotros la justificación del proyecto realizada brillantemente por nuestra compañera Carolina Castellar:

Cuando la “m” de madre desaparece como referente en el aprendizaje infantil y pasa a serlo la “M” de McDonald’s, tal vez deberíamos pensar que estamos delante de un más que importante problema social. Un problema que afecta tanto a niños como adolescentes, relacionado con la obesidad, las carencias nutritivas, el sedentarismo o los hábitos de consumo poco recomendables.

Desde esta reflexión parte el proyecto de Horta Viva, como una reivindicación de la Huerta de Valencia y sus productos como parte de nuestra herencia cultural. Queremos dar respuesta a estos problemas desde dos vertientes, por un lado la económica, geográfica y medioambiental y desde otro, la educativa y sanitaria, pero vertebradas desde un mismo eje común, la importancia de la alimentación sostenible y de los alimentos de Km.0.

Según la FAO son sostenibles “los sistemas alimentarios que tienen consecuencias limitadas sobre el medio ambiente, que contribuyen a la seguridad alimentaria y nutricional, así como la vida sana de las generaciones presentes y futuras. Los sistemas alimentarios sostenibles contribuyen a proteger y respetar la biodiversidad y los ecosistemas, son culturalmente aceptables, económicamente equitativos y accesibles, asequibles, nutricionalmente seguros y sanos, y permiten optimizar los recursos naturales y humanos“.

Por otra parte, los alimentos Km.0 nos permiten un consumo más responsable, no sólo consumir alimentos de temporada, ecológicos y de calidad, también fomentar el desarrollo de las economías locales y minimizar nuestra huella medioambiental, ya que la producción de alimentos es posiblemente uno de los principales consumidores de combustibles fósiles.

Además, en 2017 la ciudad de Valencia, como capital mundial de la alimentación sostenible y al frente del pacto de política alimentaria de Milán, se ha enfrentado con un gran reto junto a otras capitales, comprometidas a “trabajar para desarrollar sistemas alimentarios sostenibles, inclusivos, resilientes, seguros y diversificados para asegurar comida sana y accesible a todos en un marco de acción basado en los derechos, a fin de reducir el desperdicio de alimentos y preservar la biodiversidad y, al mismo tiempo , mitigar los efectos de los cambios climáticos“.

El combustible que empuja nuestro proyecto es la huerta, la reivindicación de nuestras raíces y la dieta mediterránea bien entendida. Siempre bajo los principios de la agroecología. La huerta nos provee de alimentos sanos, frescos y de temporada, por eso queremos que las nuevas generaciones entiendan nuestro entorno como la despensa mes próximo y saludable. Además, que entiendan el trabajo de los agricultores / as, no sólo como el de meros productores de frutas y hortalizas, sino como fuente de sabiduría y mantenedores de un paisaje espectacular, otorgándoles la dignidad que se merecen.

En este sentido y de acuerdo con la FAO, que recomienda los huertos escolares como herramienta para favorecer y contribuir a la educación medioambiental y social de los alumnos, consideramos los huertos como la mejor herramienta para fomentar la toma de control de la su alimentación y sus hábitos de consumo y luchar frente obesidad, sus riesgos y el sedentarismo, al mismo tiempo que los/las sensibiliza ante problemas medioambientales y económicos.

Por lo tanto, presentamos un proyecto respetuoso con el entorno, con los agricultores/as, con la economía local y la soberanía alimentaria, que al mismo tiempo nos permite trabajar de forma transversal y global diferentes contenidos económicos, geográficos, medioambientales, sociales o sanitarios, a lo largo de las correspondientes etapas educativas, adaptándolos al currículo y al nivel en cada caso.

Si la alimentación es un derecho y somos lo que comemos, caminando juntos en esta dirección, en el siglo XXI una realidad diferente es posible. Sólo necesitamos ganas de empezar a hacerlo, de formar ciudadanos-consumidores responsables, desde bien pequeños, en un primer momento conociendo dónde viene su comida, quién la produce y cómo; más adelante, formando ciudadanos-consumidores conscientes e informados del impacto que tienen sus hábitos de consumo sobre ellos, la gente del campo, la industria agroalimentaria local y extranjera, otras comunidades y todo el ecosistema.

Porque estamos seguros que tener información es capacidad de decisión y tomar decisiones, al fin y al cabo es ser libre, libre para elegir qué tipo de alimentación, de sociedad o de mundo queremos para nosotros y para las futuras generaciones.