Es complicado escribir algo sobre la huerta que no se haya dicho ya. Cómo también es muy complicado comprender la obstinación de algunos para contribuir a su lenta e inexorable desaparición. Al menos sin pensar en cosas extrañas.

Porque la huerta si no existiera, se tendría que inventar, pero esto es, además, imposible. En ciudades donde no tienen huerta, que son todas, se vuelven locos para encontrar lugares donde meter un huerto, bien sea en un tejado o en un solar. Aquí somos capaces de hacer lo mismo cuando no nos quede un solo caballón para recalzar ni ningún riego que atandar.

La huerta es para la ciudad de Valencia la diferencia, el valor añadido, aquello que la dota de aquello tan difícil y tanto caro de conseguir en un mundo globalizado cómo es la personalidad. Y nos resistimos a ser un no-lugar más. No podemos obviar que este entorno metropolitano condiciona el que sería el desarrollo habitual, que no quiere decir que sea lo más normal o necesario, pero hay que tener inteligencia para verlo como una oportunidad, no como un factor limitante. Es un mundo de oportunidades laborales, económicas, sociales, turísticas, educativas, etc.

La huerta es tan grande que se merece quedar fuera de disputas políticas, y lo que es más complicado, de intereses económicos. Porque no tiene demasiado sentido proteger ahora un espacio que de aquí a cuatro años puede revertir su situación si cambia la orientación del voto. Hace falta un gran pacto social, hay que convencer más que vencer. Igual que ganamos los ahora incuestionables Viejo Cauce del Túria o la Dehesa tendríamos que ganar ahora la huerta.

Y para finalizar hay que recordar una vez más que en cualquier caso la clave de todo la tienen los agricultores, sin una profesión digna la huerta no tiene ningún futuro, hay que cuidar a los que tenemos y propiciar un relevo generacional con jóvenes formados, a partir de, porque no, de la sabiduría de los más veteranos.

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